Pareciera como si todos los años ocurre lo mismo; sin embargo, hay ocasiones que se tornan especiales, estas jamás se olvidan. Por ejemplo, recuerdo que octubre fue memorable para mí una vez que fui con mi abuela a la central de abastos porque ella iba a poner un negocio de materias primas, justo en la última parte de su vida, quizás estaba presenciando su otoño y no lo sabía.
Recuerdo que esto la hacía vivir porque ya no le quedaba mucho, entonces fui consciente de ese momento, traté de grabarlo en la memoria y aún recuerdo los colores más vivos que nunca antes.
Sentí el aire otoñal, ese mismo viento que te hace sentir que has vivido en muchas partes del mundo y al mismo tiempo es como si quisieras correr detrás de recuerdos que, quizás, jamás existieron.
Desde esos momentos comencé a experimentar la nostalgia; que puede ser como ese aire que sopla con la ligereza de no hacerte nada y enfriarte el corazón. Refrescarte después de tanto calor y colorearte ideas de vísperas, de recuerdos, de sueños que se esfuman conforme corre el viento.
Desde hace días las calles se ven como en esa ciudad en la que nunca he vivido, y otra ciudad me acoge ahora para traerme recuerdos de cosas que jamás sucedieron y entonces vengo a decir que tanto cansancio me hace pensar en como transcurren los días y se me escurren los recuerdos que alguna vez fueron míos; tal vez eso sucedió hace más de 30 años y conforme suceda la vida iré recordando cada vez menos, entonces estaré en mi otoño. No habrán homenajes, ni reconocimientos, no habrá festejos, ni reuniones.
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